Hay cuentos que entretienen. Otros enseñan. Y algunos, además, ayudan a poner nombre a aquello que todavía no sabemos decir.
Hay momentos en la infancia en los que los niños sienten mucho más de lo que son capaces de expresar.
Les ocurre cuando están tristes y no saben explicar por qué. Cuando sienten miedo sin comprender de dónde viene. Cuando descubren emociones nuevas que todavía no saben nombrar. O cuando empiezan a conocerse a sí mismos y perciben que hay algo diferente, aunque aún no encuentren las palabras para compartirlo.
Como docentes y como familias, a menudo tenemos la tentación de ofrecer respuestas demasiado deprisa. Queremos resolver, explicar, tranquilizar.
Sin embargo, educar no siempre consiste en responder.
Muchas veces, educar significa acompañar.
Acompañar también los silencios.
Precisamente de esa convicción nació Lo que no sabía decir, un cuento infantil que invita a hablar con naturalidad sobre las emociones, la identidad, el respeto y la aceptación desde la infancia.
El valor de sentirse escuchado
Cada niño vive su propio proceso de crecimiento.
Algunos expresan con facilidad lo que sienten; otros necesitan más tiempo. Hay quienes hablan sin parar y quienes prefieren dibujar. Hay quienes preguntan continuamente y quienes guardan sus dudas muy dentro de ellos mismos.
Y todas esas formas de comunicarse merecen ser acogidas con el mismo respeto.
La escuela y la familia deberían ser, por encima de todo, espacios seguros. Lugares donde un niño pueda equivocarse, preguntar, dudar o descubrir quién es sin sentir miedo al juicio de los demás.
Cuando un menor percibe que será escuchado antes que evaluado, comprendido antes que etiquetado, comienza a desarrollar algo esencial para toda su vida: la confianza.
No solo la confianza en los demás.
También la confianza en sí mismo.
Porque crecer también consiste en descubrir quién eres y sentir que puedes hacerlo con libertad.
Educar también es dejar espacio para descubrirse
Vivimos en una sociedad que, con frecuencia, tiene prisa por poner nombre a todo.
Sin embargo, la infancia necesita justo lo contrario.
Necesita tiempo.
Necesita preguntas más que respuestas.
Necesita adultos que acompañen sin imponer, que orienten sin dirigir y que sepan permanecer cerca incluso cuando todavía no existen palabras para explicar lo que está ocurriendo.
Porque descubrir la propia identidad, comprender las emociones o aceptar aquello que uno siente forma parte del desarrollo personal de cualquier ser humano.
Y nadie debería recorrer ese camino desde el miedo o la soledad.
Por qué escribí Lo que no sabía decir
Este convencimiento fue el que me llevó a escribir Lo que no sabía decir.
No nació con la intención de ofrecer lecciones ni de responder preguntas complejas.
Tampoco pretende etiquetar a nadie.
Nació porque creo profundamente en el poder de la literatura para acompañar.
En más de dos décadas como maestra he aprendido que hay silencios que pesan demasiado para un niño. He visto alumnos y alumnas que necesitaban decir algo importante sobre sí mismos, pero no encontraban las palabras. Niños y niñas que intuían que sentían de una manera diferente y que no sabían cómo compartirlo con sus familias, cómo explicárselo a sus amigos o, simplemente, cómo entender aquello que estaba ocurriendo en su interior.
Recuerdo miradas llenas de dudas, conversaciones interrumpidas por el miedo y emociones que permanecían escondidas porque no encontraban un espacio seguro donde poder expresarse. Ningún niño debería crecer pensando que tiene que ocultar una parte de sí mismo para sentirse aceptado.
Pensando en ellos escribí Lo que no sabía decir. No para ofrecer respuestas cerradas, sino para tender un puente. Un puente entre los niños y los adultos que los acompañan; entre las emociones y las palabras; entre el miedo y la confianza. Porque, a veces, un cuento puede abrir la puerta a una conversación que parecía imposible de comenzar.
Los cuentos permiten hablar de aquello que, en ocasiones, resulta difícil abordar de manera directa. Crean una distancia que facilita la conversación, despiertan la empatía y ayudan a comprender que cada persona vive su propia historia.
Luna, la protagonista del cuento, no necesita que alguien le diga quién es.
Lo que necesita es sentirse escuchada.
Necesita un espacio donde poder expresar aquello que todavía no sabe explicar.
Y esa necesidad no pertenece únicamente a su historia.
Pertenece a la infancia.
Mucho más que un cuento sobre diversidad
Con frecuencia se presenta este libro como un cuento para trabajar la diversidad afectivo-sexual.
Y puede serlo.
Pero, para mí, es mucho más que eso.
Es una historia sobre el derecho que tiene cada niño y cada niña a descubrirse sin miedo.
Sobre la importancia de sentirse acompañado.
Sobre el valor de encontrar adultos que sepan escuchar antes que juzgar.
Sobre la necesidad de construir escuelas y hogares donde las diferencias no generen temor, sino respeto.
Y también habla de algo que, como maestra, he podido comprobar muchas veces: que los niños suelen encontrar maneras de expresar lo que sienten mucho antes de saber explicarlo con palabras.
A veces lo hacen mediante un dibujo.
Otras veces, a través de un cuento.
O simplemente permaneciendo en silencio, esperando a que alguien sea capaz de escuchar también ese silencio.
La literatura como puente entre la escuela y la familia
Siempre he pensado que los libros no existen para dar todas las respuestas.
Existen para ayudarnos a formular mejores preguntas.
La literatura infantil posee una enorme capacidad para abrir conversaciones que, de otro modo, quizá nunca llegarían a producirse.
Nos permite hablar sobre las emociones, la amistad, la identidad, el respeto o la aceptación con una naturalidad que pocas herramientas educativas consiguen.
Un cuento no impone.
No juzga.
No señala.
Simplemente invita a mirar la realidad desde los ojos de otro.
Y eso, en educación, tiene un valor incalculable.
Por eso sigo creyendo que un cuento puede ser mucho más que una historia.
Puede convertirse en un lugar seguro.
En una oportunidad para conversar.
En un abrazo cuando todavía faltan las palabras.
Un libro para leer, conversar y acompañar
Si eres docente, familia, orientador o simplemente crees en el poder de la literatura infantil para educar en valores, espero que Lo que no sabía decir pueda acompañarte en ese camino.
No pretende ofrecer soluciones.
Pretende abrir puertas.
Puertas al diálogo, a la comprensión y al respeto.
Porque, a veces, la conversación más importante comienza gracias a un cuento.
Puedes conocer más sobre el libro o adquirir un ejemplar aquí: Lo que no sabía decir
Descubre también otras de mis publicaciones
Escribir forma parte de mi manera de entender la educación.
Cada uno de mis libros responde a una etapa distinta de mi trayectoria profesional y personal, pero todos comparten un mismo propósito: educar, acompañar y generar reflexión.
Si te interesa seguir profundizando en distintos ámbitos de la educación, quizá también quieras conocer otras de mis publicaciones:
- Programación didáctica con LOMLOE, una guía práctica para docentes y opositores que desean diseñar programaciones adaptadas al currículo vigente.
- Escribir para educar, un libro pensado para quienes desean transformar su experiencia educativa en una herramienta de aprendizaje e inspiración.
Y si quieres conocer el resto de mis publicaciones, te invito a visitar la sección Mis libros, donde encontrarás cada obra y la historia que hay detrás de ella.
Educar también es ayudar a encontrar las palabras
Como maestra, he aprendido que hay conversaciones que pueden cambiar la vida de un niño.
A veces empiezan con una pregunta.
Otras, con un dibujo.
Y, en ocasiones, comienzan al pasar la última página de un cuento.
Ojalá Lo que no sabía decir contribuya a abrir muchas de esas conversaciones.
Porque todos los niños y niñas merecen crecer sintiendo que pueden ser quienes son.
Y porque la educación, cuando nace de la escucha, el respeto y el acompañamiento, tiene el poder de iluminar incluso aquello que todavía no sabemos decir.







